jueves, 30 de julio de 2015

Blanca 1

Cuando la conocí, fue especial. Un día antes la había agregado al facebook porque vi que estaba detrás del movimiento estudiantil de mi universidad, del grupo que le haría frente al regreso de la tiranía. Una mujer organizando algo así, para mi ya es atractiva per se. Esa mañana estaba fumando un cigarro frente a la puerta de entrada de nuestro centro de estudios y pasó: ella pasó. Caminó frente a mi, la reconocí al instante, tenía el cabello largo, enredado, pero rodeaba su sonrisa con un encanto especial. Inmediatamente la idealicé, vi en ella la respuesta a todas las preguntas. Mi instinto habló por mí:

-¡Blanca!

Paró en seco mientras Magdalena, la que luego se presentaría como su mejor amiga, se detuvo torpemente antes de chocar contra ella. Puedo jurar que giró en cámara lenta solo para descubrir la ternura de esa sonrisa enorme bajo sus ojos tristes. Brillantes, pero tristes. Como esos que tienen los párpados hacia abajo todo el tiempo, esos que cuando la persona sonríe necesitan arrugarse para sonreír también.

Se llamaba correctamente, era blanca como una hoja de papel sin reciclar, traía playera blanca ¿Cómo no creer que su alma era del mismo color? Yo no creo en el alma, pero se me olvidó cuando la vi. Como mi instinto idealista estaba completamente activado, me acerqué a ella y le pregunté respecto al movimiento que se gestaba en mi escuela. Me dijo que ese día por la tarde habría una junta a la que estaba completamente invitado. Fallé. Moría de ganas de ir, mi convicción política competía ahora con mi convicción personal de conocerla mejor. Pero fallé. Empezamos mal.

En la noche, mientras editaba un horripilante video para un parque nacional que en unas horas sería presentado ante el infame gobernador de este estado, decidí descansar por unos minutos y establecí la primera conversación con ella por el chat. Hablamos más de los minutos que yo tenía planeado descansar. Estábamos de acuerdo en todo: queríamos radicalizar el movimiento, hacerle frente con todas las armas posibles a la imposición del sistema, nos caían bien y mal los mismos maestros de la escuela y nuestros abuelos eran importantes personajes históricos de la política en nuestros distintos países, curiosamente de corrientes políticas radicalmente opuestas. Les digo que empezamos mal.

Salimos un par de veces. La primera, a una exposición de arte de un maestro. De aquella vez recuerdo que tenía un vestido gris muy bonito que combinaba con su nombre. No me callé:

-Te ves bien de gris.

Luego, a la salida de una de las salas del museo  -sin duda alguna la más aburrida- toqué una de sus bien formadas pompas sin querer; no puedo ni imaginar la cara que puse al pedir perdón, pero ella, sin problemas, respondió que no había nada de qué preocuparme porque todos lo hacían. Me enamoró un poquito más su buen sentido del humor.  Mi intensidad característica le dijo que me gustaba a minutos de terminar nuestra segunda cita, la tomé de la mano, nos miramos. Estábamos sentados en una banca de aquel paseo en el que hace unos días hubo una marcha contra el matrimonio gay. Ella solo sonrió ¿Alguna duda?

Después de dos o tres salidas más, un día me pidió ayuda con un trabajo de la escuela porque, tenía tantas dudas respecto a estudiar cine, que no sabía editar un video. Fui el protagonista ese día; de su tarea, de su edición, de su vida. Le robé un beso y fue el primero, bien correspondido, cariñoso, sin esos excesos de alguien atascado. Hubo delicadeza, emoción, nos miramos a los ojos y sonreímos. Ella me robó el siguiente. Terminamos jugando encima de un colchón y preguntó:

-¿Qué quieres de mi?
-Pues, te veo como para una relación formal.
-Qué honesto.
-No hay nada mejor que la verdad.

Más de una vez este momento habría terminado en un no sé, es muy pronto, me gustas pero no quiero algo formal ahorita.  Esta fue una de esas.

viernes, 24 de julio de 2015

Nada.

Hace casi dos meses cambié de vida. A medias, pero de manera determinante. Después de tres años desperté de un sueño y me encontré con un amanecer herido. No tenía donde dormir, estaba invadiendo la casa en la que permanecían mis cosas y, de buenas a primeras, ya no tenía una compañera sentimental que me dijera "todo va a estar bien" aunque pudiera no estarlo.

Me rompí. Durante tres o cuatro días me sentí perdido en la grandeza de una casa vacía de muebles, pero llena de recuerdos. Unos muy buenos, otros no tanto, pero todos muy valiosos.

Como ser humano común y corriente que soy, lo primero que mi cabeza hizo fue compararme con mis antiguos compañeros de casa ¿Por qué yo seguía ahí y ellos no? Mientras unos se habían decidido por empezar una vida en conjunto como pareja, otros dos huyeron de sus demonios olvidando que los llevan a cuestas. Y yo, ahí estaba, estancado ante las dos opciones: huir o construir algo nuevo. Por supuesto, la opción de irme a vivir con mi pareja y construir una vida en conjunto había quedado plenamente descartada; huir, sin querer juzgar a nadie, siempre me ha parecido una decisión incorrecta. Sentía que de la nada ya no me quedaba nada.

Entonces, como dice la canción que justo en esos días llegó, descubrí que lo que con nada se aproblema con nada se soluciona. Todo comenzó a tomar un rumbo distinto, naturalmente. De la nada un buen hombre decidió que su casa, en mi zona predilecta de esta ciudad que hoy es mi comunidad, iba a ser casa de roomies, no una oficina; me ofreció un cuarto y no lo dudé ni un segundo. Era el primer paso para volver a mi. Además, en mi nuevo hogar hay dos doctoras con terapia infalible para la soledad y esa estúpida sensación de creer que nadie te quiere o que debes de ser el centro del universo de alguien que no seas tú, las dos ladran y mueven la cola con una gracia infantil reparadora.



Ahora, mi profesión ocupa mi tiempo, los proyectos venideros son ilusionantes y quiero caminar otra vereda personal. Por supuesto, el establecerme en el desamor no es opción, ya que afortunadamente no lo estoy sintiendo pues, como las imágenes que decoran las paredes de mi nueva habitación, los recuerdos están ahí para estimular las nuevas sensaciones, para perfeccionar mi capacidad de hacer algo nuevo y constructivo con ellos.

¿Qué vendrá en esta vereda? ¿Quién estará caminando por acá? No lo sé. Tiempo al tiempo.


martes, 21 de julio de 2015

Susojos 2

Tengo la profunda necesidad de tocarte, de sentir el calor de tu piel, de encontrarme rompiendo las distancias que la culpa y los temores han tendido entre nosotros.

Admiro  tu capacidad de compromiso, tu amor por lo que haces, tu capacidad de renuncia y tu deslumbrante inteligencia.

Eres exitosa, peculiarmente exitosa. Tu delgado cuerpo lleva dentro la grandeza de un gigante titánico  de voluntad, capacidad e instinto. A todo esto le llamo belleza y, a mi, ese tipo de belleza me enamora.

No hablo de tus ojos verdeazulados, ni de tus torneadas piernas, ni de tu dieta eterna, ni de tus cachetes rellenos de ternura. Hablo de ti, íntegra, de lo que eres, de lo que proyectas, de lo que inspiras, de la intensidad de tu camino por la vida.

Contágiame tantito de tu locura y regálame un poco de tu intimidad, Susojos porque
en algún momento,
en alguna vida:
te amaré.

Susojos

Se pegan tus ojos
cuando parpadeas,
invitando a quien te vea
a darse cuenta de que tu alma
tiene las ventanas más hermosas de esta tierra.

Parpadea,
parpadea.
Dale vueltas a tus ojos por el mundo.